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Dídac Boza

Periodista

Urdangarin y el discreto encanto de la monarquia

Cuando cada día aparecen en los medios novedades sobre negocios poco claros de alguien a quien investiga la Justicia, el oficio del periodista responsable exige un escrupuloso respeto a la presunción de inocencia. Es norma básica de la profesión y una obligación aplicable en todos los casos, a todos los géneros, a todos los lenguajes. Sirve tanto para las noticias, como para los artículos de análisis o para las opiniones que se expresan en las tertulias.

Naturalmente no debe haber ninguna excepción cuando los asuntos oscuros o incluso presuntamente delictivos afectan directamente un miembro de la familia real y cuando surgen dudas sobre hasta qué punto la condición de yerno del Rey podría haber servido para alimentar un patrimonio personal y familiar que, por lo que va trascendiendo, habría sido presuntamente fácil de engordar pero mucho más difícil de justificar.

Con pocas semanas de diferencia, Iñaki Urdangarin, esposo de la infanta Cristina de Borbón y duque de Palma, ha emitido dos comunicados desde su residencia actual en Estados Unidos. El primero (11/11/2011) era para defender su inocencia. En el segundo (10/12/2011) ha querido marcar una línea clara de separación entre sus actividades económicas privadas y la Casa del Rey.

Lo que se está dirimiendo judicialmente es, verdaderamente, la legalidad o no de determinadas actividades privadas, pero es indudable la trascendencia institucional del caso. El asunto Urdangarin y las posibles vinculaciones con la trama Palma Arena u otras implicaciones tocan de lleno la imagen pública (la política y, sobre todo, la imagen social) de una institución, la monarquía, que ya en condiciones normales debe mantener un difícil equilibrio sobre la cuerda de su propio anacronismo.

Las casas reales reinantes en la Europa del siglo XXI son una especie de prodigio de supervivencia desde la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, en 1789, en la asamblea francesa. Está por ver si en las próximas décadas se podrán mantener estas excepciones en el principio de igualdad de la humanidad, ahora que la sociedad se muestra cada vez más crítica con las deficiencias de democracia actual y que crece y se manifiesta el núcleo de ciudadanos que ya no se conforma el simple ejercicio del sufragio universal cada cuatro años. En el puzzle futuro de una posible regeneración y mejora democráticas ¿como encajarán unas piezas que ni siquiera están sujetas a la voluntad de las urnas?

En el caso concreto de la monarquía española, el principal aval de la institución durante más de treinta años ha sido el papel jugado por el Rey en favor de la refundación democrática del Estado heredado directamente de una dictadura. El reinado de Juan Carlos es el primero de la dinastía borbónica que rompe con una historia llena de absolutismos y personalismos o de intentos demasiado cortos y no muy exitosos de monarquía parlamentaria.

Evitar ostentaciones excesivas y hacer de la prudencia y la discreción normas de conducta han sido factores clave para preservar la monarquía en la España democrática desde la transición hasta nuestros días.

Pero ahora, a ojos de las nuevas generaciones de ciudadanos, nacidos y educados ya totalmente en democracia, y en momentos que exigen revisar muchas cosas, la monarquía puede ser puesta en cuestión de un modo impensable hace tan sólo unos cuantos años. En este contexto el caso Urdangarin es muy mal asunto para la institución monárquica y los comunicados de los últimos días -tanto los emitidos desde Washington como la única nota difundida hasta ahora por la Zarzuelademuestran una tormenta interior.

En la Roma imperial de Julio César, el emperador advirtió a su esposa, Pompeya, aquello de que además de ser honrada, convenía que lo pareciera (y eso que, según las crónicas romanas de aquel tiempo, el emperador estaba seguro de la inocencia y la fidelidad de Pompeya)

En la España democrática actual, integrada en una Europa en crisis que debe reinventar su modelo político y social, lo último que convenía a la monarquía era que uno de sus miembros apareciera en las crónicas de tribunales con la honradez en entredicho.

Versió original en català al bloc ‘La lupa’

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